Todistas

Neoconservadores y todistas.

Todo, todo y todo decía, hace pocos años una niña rubicunda y caprichosa en la publicidad de una compañía de seguros. Las compañías de seguros se caracterizan por ser las que más se acercan al reflejo de una época a través de sus anuncios y de sus propios nombres. Ocaso era una compañía basada en los decesos, las defunciones, las muertes, todo eso que preocupaba tanto a nuestros abuelos; no el hecho de morir sino el tener pagado el entierro. Ahora Ocaso arrastra un nombre en el que se invierten ingentes cantidades de dinero para alejarlo de lo que en sí mismo evoca. Y aún así su publicidad es buena y efectiva, esto es, principalmente falsa. La niña ha crecido y se ha transformado en un apuesto hombre trans, Matías Prats. Ya no repite tres veces como suelen hacer los pequeños en un intento de sortilegio cabalístico, ahora lo dice alto, claro y seguro: TODO. No puedes no tenerlo todo. Genealogía de los todistas. Los nacidos durante el Baby Boom habían crecido en un mundo más próspero que el de sus padres y habían sido mimados mucho más que la generación anterior. Esa generación que tras pasar por guerras y privaciones durante los años treinta y cuarenta como la Guerra Civil Española y la II Guerra Mundial, quería que sus hijos tuvieran una vida menos turbulenta y segura. Estos niños fueron padres, claro está, y alumbraron a una generación bastante mimada, a la que pertenezco, con amplia educación universitaria, libertad de acción y decisión. Mimados respecto a sus padres que, a su vez, habían estado más mimados que sus abuelos, fue, fuimos, la primera generación en la que se extendió la creencia de que teníamos derecho a todo, o a casi todo. El conservadurismo perdió fuelle inmediatamente después de la rendición incondicional de Alemania en 1945 y la elección principal fue durante más de una década entre socialdemocracia y un pujante neoliberalismo. Michael Oakeshott, otro tipo con nombre enigmático, escribía esto a principios de los años sesenta, tras el concilio Vaticano II y poco antes del mayo del 68:

Ser conservador es preferir lo familiar a lo desconocido, lo experimentado a lo no experimentado, el hecho al misterio, lo real a lo posible, lo limitado a lo ilimitado, lo cercano a lo lejano, lo suficiente a lo sobreabundante, lo conveniente a lo perfecto, la risa del presente a la dicha utópica.

Estos eran los últimos y coletazos de un conservadurismo que se enraizaba en el comienzo de la era moderna, allá por 1637, cuando Descartes publicaba su Discurso del Método y Velázquez pintaba, por primera vez, a un individuo aislado sobre un fondo neutro, Pablo de Valladolid. Un individuo aislado, solo sobre sí mismo, un hijo único.    Este que flota aquí, como en las últimas obras de Íñigo Navarro, tendrá que elegir entre izquierda y derecha y se sublevará porque lo quiere TODO. La izquierda, la derecha y el extremo centro. Pero a principios del siglo XXI ese conservadurismo iba a cambiar, disfrazado de posmodernidad, individualista, exigente e irresponsable. Es el tiempo de la búsqueda del Absoluto en la summa inacabable de todo lo bueno para el individuo sin mezcla alguna de mal. La reformulación del nuevo conservadurismo une en un solo concepto la libertad máxima con la seguridad absoluta. Ninguna de las dos es menos importante, deseada y fundamental. Libertad y seguridad para conservar todos los derechos adquiridos desde la Revolución Francesa y una implacable reivindicación del ciudadano como un sujeto libre de derechos que no sólo puede sino que tiene la obligación de tenerlo TODO. Ya estamos preparados para ser TODISTAS, el signo de los tiempos. Un todista lo puede tener todo, libertad y seguridad, lo real y lo posible, lo limitado y lo ilimitado. Todo lo que tiene lo quiere conservar y además adquirir lo que no tenía. El nuevo conservadurismo se cierra sobre si mismo como una síntesis hegeliana contradictoria, una síntesis que engloba los opuestos sin renunciar a nada de ellos, un conjunto disjunto, el Arca de la Alianza de Moderdonia, un anillo para dominarlos a todos, el acabóse y el non plus ultra. Dámelo todo y dame más. Quiero disfrutar de la libertad sin riesgo, del riesgo sin accidentes, de la cerveza sin alcohol, de la libertad sexual sin contrapartidas dañinas, de la creatividad y la bohemia en chalets de lujo, de la identificación con los otros sin dejar de ser uno mismo. Y el nuevo conservador no admite renunciar a nada, quiere conservarlo a toda costa sin dejar de adquirir, expandirse, crecer indefinida pero sosteniblemente, es un todista que, como en el anuncio explica al presentador trajeado que llega tarde que él ya lo tiene todo. El antiguo conservadurismo clásico representado en Matías Prats es superado por el absoluto poseedor de todas las ventajas y ninguno de los inconvenientes en camiseta y vaqueros. Es un todista, es un anuncio, es un derecho.


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