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No habrá pensión para los jovencitos

 

Es díficil hablar de temas tan especializados pero sobre los que todo el mundo tiene una opinión. En paleoantropología o la metafísca no, pero en economía, política y fútbol todos tenemos una opinión porque alguna vez sí nos hemos preguntado por ello. Esto, claro está, no indica que sepamos lo suficiente pero sí lo bastante para poder protestar, criticar o divagar acerca del tema. El sistema público de pensiones español nos toca directamente tanto si nos faltan muchos años para poder optar a él, salvo excepciones, o para los que están cerca de poder recibirlas. Estos días ha habido un gran movimiento en las calles y en las redes (en éstas siempre hay movimiento sobre cualquier asunto) para defender el sistema público de pensiones. Derivadas aparte, la gran mayoría de los españoles quieren que el estado asegure unas pensiones dignas. Dignas para todos, ahí comienza el conflicto, en el todos ¿De verdad nos podemos permitir unas pensiones dignas para todos? SIn entrar en debates y declarándome lego en la materia pienso que sí, que todos los españoles deben recibir una pensión digna y que así debería seguir siendo mientras se mejora en las diferencias entre la pensión media y las más bajas. Muchos han salido a la calle. Muchos no es un dato, muchos, en política pueden ser muchos o no los suficientes; en los últimos años las manifestaciones se cuentan a partir del millón de personas. Se cuentan: los organizadores no bajan de estimar el millón de personas, que queda redondo y llamativo  y las autoridades interesadas multiplican o dividen a su antojo. Han salido a la calle jubilados, adultos y algunos jóvenes para pedir por el mantenimiento y mejora de las pensiones. Se apela a la constitución, al estado de derecho y a la solidaridad intergeneracional. Desde los fueros, los cupos, las exenciones fiscales según el gobierno autónomo, cada uno es cada uno y sus cosas. Comparto personalmente el ímpetu y la protesta al respecto e incluso acudí el sábado a la concentración en Madrid. Mientras intentaba no sonrojarme con las consignas, ya que todas las consignas y cánticos multitudinarios producen cierto sonrojo en una sucesión de ripios y poetuits con más voluntad que acierto, pensé que aquello que estábamos haciendo era lo que me gustaría que se hiciera de forma notoria si considerase oportuno y mejor los planes de pensiones privados. Si fuera accionista, consejero delegado o neoliberal de la escuela de Chicago estaría encantado con estas acciones. Del mismo modo que una buena forma de descalificar determinados movimientos es darles voz para que se enreden en sus propias palabras, en este caso no es preciso, ya que por justicia y sentido común la unidad transversal funciona por una vez, y es el efecto secundario de las protestas lo que entrega en bandeja la posibilidad de hegemonía de la privaticación de las pensiones. La pirámide de población parece indicar muy gráficamente que la solidaridad intergeneracional puede no ser suficiente, la calidad del empleo tampoco ayuda a imaginarse una situación mucho mejor y nos encontramos con una lenta victoria de la batalla por la hegemonía cultural, la batalla por las ideas a lo Gramsci. No tenemos asegurada la pensión debido a tal o cual, el mercado tiene unas reglas o “es la economía estúpido” se repiten como mantras y dogmas que hacen casi invulnerable la deriva privatizadora. Cuanto más protestemos  -siempre que no sea con una mayoría aplastante, a partir del sesenta por ciento de la población – más apoyaremos la profecía autocumplida de que no es sostenible un sistema público de pensiones de calidad; cuanto más nos asustemos y asustemos a los demás mayor será la inversión de los que puedan permitirse un plan de pensiones privado. Si el imperio financiero logra que la clase media, esa que empieza a escasear, pueda dedicar una parte, aunque sea ínfima, de su dinero a un plan de pensiones privado será el punto de no retorno del sálvese quien pueda, del individualismo y de las consiguientes jerarquías de ganador y perdedor tan gratas a los anglosajones y de tan díficil implantación en la europa que ve como el fantasma de la socialdemocracia se apaga lentamente transformándose en un ente insípido, incoloro y anticuado.