Viernes tarde. El fin de semana se puede tocar con la punta de los dedos. Reunión con cliente en sus modernísimas oficinas que están, como no, dónde da la vuelta el aire. Todo bien. Finaliza una semana con visos de cierta productividad. La exposición va bien en su programa de ferias de arte. Las entregas cumplen los plazos. Luce un sol radiante y el cuerpo agradece volver a estar en la civilización tras el verano. Sólo dos asuntos quedan sin resolver: el acorde de Tristán y la librería de Lightroom. Esta librería, este catálogo es un arcano que pocas personas saben resolver. Recuerdo perfectamente el momento en la que comprendí la Crítica de la Razón pura. En la facultad llevábamos más de una semana con el asunto pero no lo comprendía, en sentido profundo hasta que una tarde, saliendo del tren en Príncipe Pío todo cayó como las piezas del Tetris. Comprendía todo el sistema. Comprendía, también, que era un monumento al abandono de l metafísica. En algunos momentos he sentido, incluso, que comprendía qué enigmas escondía l materia obscura. Pero la librería de Lightroom, no. Doctores tiene la Santa Madre Iglesia que os podrán contestar.

 

Mientras se acumulaban Terabytes de imágenes en no sé sabe dónde pero que casi colapsaban los ordenadores, el NAS, la nube y la madre que le trajo, me recuesto en la silla. La silla que varias veces se ha vencido. Qué café más rico. Qué negro, qué potente. Qué… ¡

Qué golpe en la cabeza. Qué confusión. Y ¡qué mancha!  Todo. Todo el café. Todo en la camisa. Como un animal print de lince mutante.

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